Bill Evans - Waltz For Debby
Un libro profundiza en la intensa vida, musical y personal, del pianista más emocionante del jazz.
PATRICIA GODES - 02/01/2008 20:42
La música popular en España ha sufrido el peso de la falta de documentación y la incultura, más o menos hasta la generalización del uso de Internet. El desconocimiento y la incomprensión convertían al melómano en víctima de cualquier campaña de promoción, moda o capricho de los medios. Por eso la biografía del pianista Bill Evans, escrita por Peter Pettinger, que acaba de editar Global Rhythm Press constituye un pequeño tesoro de valor inapreciable.
Bill Evans, pianista zurdo de formación clásica nacido en 1929 y fallecido en 1980, es uno de los representantes más intensos e introspectivos del lirismo jazzístico. Acompañante de Miles Davis y padrino de toda una escuela de pianistas que incluye al muy querido en España Keith Jarret, Evans era un hombre educado, serio y sensible que se encontró a sus anchas en la escena neoyorquina de jazz en los años 50. Sus conciertos en el Village Vanguard han permanecido en la memoria colectiva del mundo de la música, lo mismo que su reconocible postura: encorvado ante el piano, concentrado y desgranando con sus ágiles dedos frases de una complejidad inimaginable y no por ello carentes de belleza.
Evans es uno de esos artistas que, como los grandes maestros del pasado, utilizan su preparación técnica para expresar y no para mero lucimiento. La densidad y poesía de su música ha dejado huella imborrable en el jazz y, concretamente, en los grandes pianistas posteriores, como Chick Corea.
Todo esto y mucho más se descubre en las páginas del libro. Su autor, pianista de conservatorio como Evans, descubrió gracias a los discos de este la música de jazz, y con toda minuciosidad y deleite nos disecciona la música de Evans, disco por disco, tema por tema y solo por solo, informándonos detalladamente de los entresijos de esa música maravillosa y ese sonido suyo, puro e inconfundible; de cómo lograba un artista del calibre de Evans comunicar sus sentimientos a través de las 88 teclas del piano.
El pianista, por dentro
Cómo pulsaba las teclas, cuál era su digitación en cada acorde y en cada arpegio, cómo pisaba los pedales, cómo influían en su música las características y peculiaridades de cada piano que tocaba, en qué escalas y qué armonías se basa cada una de sus interpretaciones… Un mundo en el que los sentimientos se mezclan con la técnica para dar como resultado algo mágico e indescriptible como es la música de un talento irrepetible.
Además, se nos narran los acontecimientos clave en la vida del músico, sus matrimonios y divorcios –algunas de sus composiciones más célebres están dedicadas a sus mujeres–, su relación de amistad y compañerismo con sus músicos, su amor por las películas de Disney y una lamentable adicción a las drogas que, por cierto, adquirió tocando en el grupo de Miles Davis.
Un talón de 25 dólares
También se nos cuenta como Evans dio forma a algunas de las piezas clásicas de Miles y cómo la única vez que comentó algo respecto a su parte en los royalties, Miles le pasó un talón de 25 dólares. Como complemento, el libro incluye una discografía detallada y un imprescindible índice onomástico.
La traducción de Ferran Esteve es excelente, pese a lo complejo del texto. Resulta curioso que no se haya respetado el título original, How my heart sings, tomado de uno de los temas favoritos del pianista. La única crítica sería para el formato de 15x 24 y tapa dura, ya que un libro de bolsillo resultaría más cómodo de leer mientras se escuchan los discos y se atiende a sus interesantes descripciones de la música.
La labor de Peter Pettinger, de su traductor y de la editorial española Global Rhythm Press –editora de las memorias de Bob Dylan–, resultan en consecuencia altamente encomiables, no sólo por la aportación de información y datos, sino porque, lo mismo que la biografía de Miles Davis de Ian Carr, publicada por la misma editorial, se trata de un retrato del músico como trabajador, no como Mesías.
Trabajador incansable
Concretamente, el autor nos aproxima a un Bill Evans que se consideraba a sí mismo un pianista con dificultades y que trabajaba denodadamente, tanto en técnica como en composición, nos aleja del discurso mitológico con que se trata tradicionalmente a los músicos.
No hay magia ni milagros en la vida de Bill Evans, sino trabajo, dedicación y esfuerzo. Si su música, introspectiva y lírica, es tan intensa y tan hipnótica es porque el propio Evans fue un hombre intenso y entregado, con una sensibilidad a flor de piel y unos recursos sobrados para conseguir expresarla en el piano y comunicarla a sus oyentes.




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